Editorial: Argentina en crisis

El regreso del Kirchnerismo al poder en Argentina pone fin a un nuevo intento por ordenar la economía de ese país.

El reciente domingo, la fórmula peronista de Alberto Fernández, como presidente, y Cristina Fernández de Kirchner, como vicepresidenta, ganó las elecciones en Argentina. Su contendor, Mauricio Macri, presidente de Argentina hasta el 10 de diciembre de este año, no logró cambiar un desenlace que se veía como más probable luego de las primarias de agosto.

El presidente Mauricio Macri no logró hacer realidad su promesa de cambiar el rumbo de la economía argentina debido, en primer lugar, a la difícil situación de las cuentas fiscales y externas que recibió de su antecesora, Cristina Fernández de Kirchner; y, en segundo lugar, a su incapacidad para corregir los desbalances y múltiples problemas que heredó.

El gobierno anterior de Cristina Fernández de Kirchner se puede calificar, sin lugar a dudas, como populista y económicamente irresponsable. Durante su gestión se observó un incremento sistemático del déficit fiscal y de la cuenta corriente de la balanza de pagos. El déficit fiscal cerró su periodo (2015) en 6% y el de cuenta corriente en 2.7%, ambos con relación al Producto Bruto Interno (PBI). Pero, a pesar del impulso de gasto público, por los diversos subsidios y programas de ayuda que puso en marcha para mantener su popularidad, la economía argentina creció apenas un 0.4% promedio anual entre 2012 y 2015, su segundo periodo de gobierno. Aunque no se puede saber la evolución real de los precios, por las manipulaciones del indicador oficial condenadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), los datos indicaban que la inflación ya superaba el 20% anual y podría haber sido mucho más alta de no ser por el control del tipo de cambio (cepo cambiario, según la jerga de los economistas argentinos) que le costó una pérdida importante de reservas al Banco Central de la República Argentina (BCRA).

Por lo anterior, Macri recibió la economía en una situación muy delicada. La experiencia de países que han logrado resolver estos problemas con costos sociales y políticos razonables, señala que los desbalances deben cerrarse lo más rápido posible, lo que implica que las medidas más impopulares, como eliminar subsidios o recortar gastos, deben hacerse de inmediato. En relación con precios clave, como las tasas de cambio y de interés, lo recomendable es dejarlos libres para que alcancen rápidamente el equilibrio de mercado. Con esto se logra que la economía alcance sus equilibrios perdidos a corto plazo y se recupera la confianza en el país, condición que permite el retorno de los capitales nacionales fugados y atrae capitales internacionales nuevos. Además, en lo político, el choque negativo de las medidas se recibe de golpe y una sola vez, lo que hace posible, por lo menos en parte, que los afectados identifiquen a su verdadero causante, el gobierno anterior. Sin embargo, el presidente Macri decidió optar por el gradualismo.

Lamentablemente, la eliminación gradual de subsidios causó un fuerte malestar en la población que se comenzó a manifestar de manera rápida en las calles. Esto hizo que el gobierno fuese aún más tímido en su eliminación, lo que ocasionó la imposibilidad del control del déficit fiscal y, a su vez, generó la desconfianza de los inversionistas, quienes retiraron sus capitales del país. Así, los déficits fiscales y de cuenta corriente de la balanza de pagos quedaron desfinanciados, lo que llevó a que el peso argentino se deprecie 114% durante 2018.

La situación extrema obligó al presidente Macri a recurrir al FMI, con quien acordó una asistencia financiera por más de US$ 50 mil millones. Teniendo en cuenta la fama negativa que le han dado a esta institución los gobiernos populistas y las militancias de izquierda; para los argentinos, la presencia del FMI en su país dio el tiro de gracia a la ya mellada popularidad de su presidente.

El gobierno de Alberto Fernández va a recibir una situación económica difícil. El programa de ajustes acordado con el FMI se ha quedado a medio camino y el PBI registra una tendencia a la baja. Ante esta situación, lo aconsejable sería continuar con el programa heredado. Sin embargo, la orientación ideológica de los peronistas y lo ofrecido en campaña hacen esperar, por el contrario, que se deje de lado el programa con el FMI, que muy probablemente será reemplazado por controles y aumentos de subsidios.

Hasta donde el nuevo gobierno pueda llegar por este camino será determinado por la capacidad que tenga para aumentar sus ingresos fiscales o el endeudamiento público. Un factor adicional negativo con el que tendrá que lidiar es la desconfianza con la que va a ser recibido por los agentes económicos, nacionales y extranjeros, que ya comenzaron a retirar sus capitales del país.

Editorial: Argentina en crisis